El dramaturgo que le prestó su vida a la Vendimia

El dramaturgo que le prestó su vida a la Vendimia

Por 27/02/2013 13:22

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Un hombre recuerda su infancia entre viñas y costumbres que siente propias pero que el tiempo y el espacio extendieron a otros. Regresa a esa primera etapa de su existencia amparado en un teatro de piedra donde todas las imaginaciones sobre lo vivido son posibles, incluso las mágicas y extremas.

Ésa es la mirada que Arístides Vargas (58) plasmó en el texto de la próxima Fiesta Nacional de la Vendimia. Y en su segunda oportunidad como guionista de este espectáculo, el escritor se propone una revancha.

Vargas nació en Córdoba y se crió en San Martín. El exilio durante la dictadura militar lo llevó a madurar como dramaturgo en otras geografías, desde donde siempre está regresando.

El primer intento de contar su vendimia lo tuvo en el 2010, cuando –convocado por Vilma Rúpolo– creó el relato de Cantos de vino y libertad, la fiesta del Bicentenario. Pero su historia personal quedó prácticamente diluida detrás del tema excluyente en los 200 años de la Patria, con caballos y folcloristas acaparando la puesta.

El mismo equipo de personas le pidió a Arístides que escribiera otro guión y entonces, para esta nueva fiesta, intentará aquello que no fue en el 2010: dejar su visión del niño vendimiador ya hecho hombre en el espíritu pero también en la carne del espectáculo, que esta vez se llama Teatro mágico de piedra y vino.

“Lo que uno vivió no es exactamente eso, sino lo que le pareció vivir. El recuerdo es lo suficientemente ambiguo y podemos dudar de que sea nuestro, lo cual es muy bonito, porque entonces puede ser de todos los que pasamos la infancia en este mismo lugar. Ahí es cuando se vuelve colectivo”, piensa en voz alta el dramaturgo sobre lo que verán los mendocinos el 2 de marzo en el Frank Romero Day.

El escritor y el niño
Las madrugadas en que se levantaba para cosechar con sus padres. La melesca en la siesta después de la vendimia, para hacer el vino patero que acompañaría la mesa familiar. El frío, más frío cuando la vida aún no florece. La familia trabajadora, los hermanos, ese andar de los abuelos andaluces amenizando los días…

“La fiesta empieza con el retorno de un hombre (interpretado por Guillermo Troncoso, quien además es director de actores), cuyos primeros recuerdos lo llevan a su niñez y la relación con su madre”, adelanta Vargas. Y devela que en ese viaje al pasado el niño será Gaspar Vargas (10), el hijo de su hermano Chicho, actor de trayectoria.

La casualidad no tiene lugar en este juego literario y al proponer a su sobrino, que lleva el nombre de su padre, el escritor da otra puntada esencial en el relato imaginado desde su propia historia. “Tenía 2 años cuando llegué a esta provincia. En aquella época, las últimas casas edificadas eran las nuestras, asentamientos de inmigrantes que iban llegando a San Martín, que distaba mucho de cómo lo vemos hoy. Mis padres venían de Córdoba en la época de cosecha, eran trabajadores golondrinas que decidieron afincarse en Mendoza”, desgrana.

De los ocho hijos de José Gaspar Vargas y su esposa, Jesús Sosa, Arístides es el menor, lo que condicionó ese recuerdo de la niñez llevado al texto. “Por eso mis vivencias son más lúdicas; me dedicaba a imaginar”, reflexiona.

“Vuelvo rítmicamente al vino fundacional de la infancia, al vino padre, al vino madre. Vuelvo a las cosas que hablan con los mismos cantos y las mismas guitarras”. Las palabras del guión vendimial traducen todo eso que Vargas explica sin ruedos poéticos en la entrevista.

“No sabemos de dónde viene y adónde llega el protagonista, porque eso se va a ir revelando a medida que transcurra el espectáculo”, establece el escritor. También él es un hombre que viene de distintos lugares y de ninguno en particular, y que regresa siempre buscando distintas formas de reencuentro con la tierra que siente propia.

El lugar donde todo es posible
El espacio donde desde hace 50 años se realiza la Fiesta Nacional de la Vendimia tiene relevancia en el argumento.

“Siempre asocié la Vendimia con el Teatro Griego, ya que tengo casi la misma edad que él. Antes, la fiesta era de los trabajadores, más dispersa porque era más popular, más conectada con la gente, y fue en este lugar donde se institucionalizó vinculando elementos artísticos y culturales disímiles”, opina Vargas. Y luego explica que esa transformación, más allá de las pérdidas, implica un mérito. “El Teatro Griego tiene una connotación: es el lugar donde todas las imaginaciones son posibles”, grafica.

 

Fuente: Diario Uno

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